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On the way scarborough (IV)

On the way scarborough (IV)

Después de aquella distracción turística, andaba yo por el centro de York olisqueando un lugar. Había un puesto ambulante donde vendían pescado rebozado y patatas fritas, me acerque y estire mi mano con unas monedas, pero como no tenía suficiente dinero el señor me puso las patatas solas sin decir palabra, con un montón de mayonesa pringosa. Luego fui por ahí relamiendo el cucurucho de papel pequeño y salado. Habiendo terminado de chuparme los dedos, pregunte a un hombre que pasaba rápido subido en unos zapatos del 54, negros, brillantes, con paso amplio y firme, que donde podía sacar dinero con la tarjeta de crédito que guardaba para emergencias; ya que esta parecía haber llegado antes de lo que hubiera imaginado. El hombre en cuanto oyó “please” paro en seco. Era alto y enérgico, tenía poco pelo y su nariz era la de una gran águila, vestía traje marrón “caqui”. Sin perder un instante me arrastro hasta la calle de atrás donde estaba la puerta trasera de un restaurante italiano a la que llamo. Allí estaban los contenedores de basura y las paredes parecían hollín. Salió un chico atento, era joven, rubio y delgado, parecía jadear en su delantal de cocina, síntoma de que estaba en plena faena, del interior se oía el retintineo de vasos y cubiertos como en el interior de una sacristía. El hombre le explico apuntando hacia mí que tenía un problema con una tarjeta de crédito para ver si podía entenderme y me dijera que tenía que hacer. Yo tan solo estaba allí a un metro escaso más atrás quieto, sin decir nada, con una rodilla saliendo a tomar el aire por un roto del pantalón. La verdad es que aunque el chaval hacia todo lo posible, poniendo todo su empeño para indicarme, yo no entendía gran cosa. El señor lo miraba fijamente y yo atontado. Al final el chaval resoplo haciendo un rebujón el mandil que arrojo a un lado y fue acompañarme hasta la puerta del banco donde había un cajero, no paraba de hablar todo el rato en Italiano, lo hacia tan aprisa que no sabia lo que decía.

¿Porque no hablaran castellano con lo fácil que es?

El cajero donde podía funcionar el sistema 6000 era Abbey y en la sucursal aparecían logotipos afines a la tarjeta. El muchacho me hizo un par de indicaciones, más no se en que idioma esta vez, “esperanto”. Creí entender que aquel banco cobraba menos comisiones que otros por sacar dinero. Luego se despidió y desapareció rápidamente. Yo imagine que por la noche cenarían muchas personas en el restaurante y que todos estarían felices. Me gustaba la idea de ver a muchas personas felices.

Utilice la tarjeta en el idioma castellano, saque unas cuantas libras y me fui.

La tarde se iba apagando y yo no se en que pensaba. Era difícil saberlo porque era alguien perdido, sin motivación alguna, tenía cero objetivos, era alguien capaz de rodar sin sentido y parar solo donde el azar me dejara. Una persona se estiro y me dio un panfleto. Ponía: “the live jazz” viernes sábados y domingos noches a partir de las 8:00h. Aquel lugar estaba en parlament street, y estaba al lado.

Fui a recoger la mochila.

Desande lo andado y cruce los mismos puentes, los salvavidas del rió estaban sin necesidad de náufragos y el parque continuaba solitario y los patitos debían haber decidido seguir viviendo allí, porque continuaban dando vueltas al estanque como en un carrusel pequeño para niños. Algunas ventanas de los edificios colindantes miraban al interior del parque, como el paisajismo natural de un sanatorio mental, pero nadie se asomaba, en realidad todo parecía vació, como si los locos hubieran desaparecido, el único que quedaba suelto era yo. La tapia bien construida, de ladrillo rojo, maciza, setos verdes y aislados árboles. Todo verde, ocre, o gris, los marcos de las ventanas blancos, pero este día el cielo era azul.

Camine hacia los arbustos.

Antes de terminar de acercarme vi que no todo estaba igual que lo deje, que habían arrancado cosas de la mochila, y se mantenían dispersas, la red mimetizada hecha jirones, bolsas blancas asomando. ¡Me asuste! Tenia mi cámara réflex allí, una kr10m de RICOH y como loco fui a su encuentro. Efectivamente la cámara estaba en su sitio; No era comestible. La bolsa donde tenia la longaniza había sido estirada hasta rasgarse, supongo que ese olor debe de ser muy fuerte para una alimaña de rapiña, y me acorde de Roger y de sus ojos penetrantes, mientras nos convidamos. Recogí todo y di gracias por conservar mi cámara fotográfica. La verdad es que había tenido  mucha suerte. 

Regrese al centro por la misma orilla del rió.

Me acerque al remolque de los pescaditos y compre un completo. Era merluza, el señor del remolque parecía amable y el pescado insípido. Allí mismo cayeron los últimos rayos de un sol prófugo y huidizo, espíritu que tras de si deja un haz dorado como única garantía de haber hecho presencia en aquel lugar profético y templado. Una especie de suerte. Al fin y al cabo todo era eso… SUERTE.

Un hombre al que no veía la cara se acerco al kiosco de los pescados; Lugar que era lo más parecido que había visto a una churrería humeante, de las que ya quedan pocas en Salamanca y en plena calle. El hombre me pregunto que si tenia donde pasar la noche. Le dije que no. Yo vi en la voz de aquel señor, a alguien noble. Una persona humana que ve las carencias de otros y que otros muchos no ven o dejan pasar. El era de esa especie que tratan de ayudar a los demás. Era de aquel antiguo clan de la especie humana con corazón altruista y solidario.

No era aquel que envía juguetes a lugares remotos por navidad, ni deja paquetes de ropa a desconocidos, alimentos o medicamentos a través de asociaciones no lucrativas, dinero en talones o donativos que desaparecen en la otra punta del globo, y al final reaparecen en una bala que silba con su mortal veneno de la boca de un fusil.

No eso son las llamadas acciones humanitarias.

Es decir que en desastres, daños o violencias que producidas por injusticia, guerras, plagas y pandemias, cataclismos ambientales, ya sean naturales o tecnológicos. Causas todas para las que son y deben de ser de los estados las mayores obligaciones en auxilio, en colaboración y apoyo de damnificados de toda índole.

No me refería a eso cuando dije lo de la solidaridad, y altruismo de aquel hombre. Palabras que durante décadas han sido utilizadas eufemísticamente para calentar culos cómodamente en poltronas engrasadas y tapizadas de subvención U.E. de listos o simpáticos payasetes con capacidad o habilidad de redactar proyectos, para jubilados, lisiados, colectivos vulnerables... Haciendo gracia y eco en los medios de comunicación. Así obteniendo ventaja de la desgracia de otros, especializándose en ir dejando recursos por el camino, con cruces rojas, o manos que se unen para evangelizar a corazones bondadosos, sensibilizando a aquellos que con tanta generosidad comparten lo poco que tienen, que su mejor voluntad es la de un mundo justo y pacifico. Conviene diferenciar solidaridad. 

Me refiero a que este hombre siendo vecino, amigo, compañero, paisano, conocido o desconocido y oriundo de un lugar concreto, trata de ayudar y mejorar ese entorno suyo cercano del que pertenece y forma parte.

Son aquellos que han sanado nuestras heridas aun cuando estas fuesen bien merecidas, aquellos que cuidaron a enfermos y hambrientos y que a rastras a lo largo de muchos siglos y caminos tortuosos habían logrado traernos sanos y salvos hasta este momento, vivos al fin y gracias, nos devolvían la vista y los otros sentidos, porque dejamos de estar muertos para escuchar y contar nuestra propia historia, para decidir que hacer con nuestra vida. Para creer en Dios, sin otra fuerza que la de nuestro propio esfuerzo para enmendar errores.

Estas personas desde luego merecían ser felices de verdad.

Ya empezaba hacer fresco, pero no sentía frió con aquella pesada e incomoda chupa de cuero que llevaba encima, mientras masticaba el estoposo rebozado, aun sin saber que hacer ¿A dónde ir? Y yo no se porque, pero a veces entendía ingles, o es acaso que me lo imaginaba. La noche bajaría por debajo de los cero grados y mi única idea estaba en volver a saltar otra vez la valla del parque o construir un refugio de fortuna en un pasaje donde había visto un montón de cajas grandes de cartones, al fin y al cabo estaba invadiendo la Gran Bretaña como buen español después de muchos siglos.

Creo que el hombre tenía la sanísima intención de haberme recogido en algún lugar de su propiedad. Un momento titubee porque no sabia donde ir. Lo cual no dejó duda del hecho de que estaba allí porque quería, y aunque me comería aquel carromato de pescado rebozado, pensé en una batería de buenos modales y atenciones que no buscaba, lo que supondría pasar la noche en blanco entre sabanas limpias y perfumadas. Y no estaba allí para semejantes idioteces. Había venido buscando otros objetivos, buscando a mi mejor amigo que era yo, y estaba allí en algún lugar… perdido. Sobre todo aunque agradecido era, porque venia del sur, y no precisamente del cálido sur de los poetas y eso quiere decir muchas noches bajo las estrellas. Era de un sur solitario, el del ultimo lobo, del cárabo danzante, huidizo, de grandes lunas y claros en los bosques, de soles lejanos y abrasadores, de aquel Marzo cambiante y del Abril que hace zozobrar a las ultimas criaturas del cielo, de tempestuosos aires que golpean las rocas en días en que las galernas se adentran a tierra para bendecir nuestros suelos yelmos y renacer de vida y esperanza, Agosto con lagrimas en la frente de un san Lorenzo quemado por el fuego de estrellas infantiles, rapaces hambrientos, o cuando ya refresque el rostro y casi desnudo en la cima más alta y no tenga más miseria que los huesos caídos en batalla, y aun en septiembre, sin limites, sin ferias de paletos, hipócritas, solo aventura y todos los meses oscuros de vientos helados, de fines de semana en extensas estepas de latente vació, blancas y puras, con rachas de hielo ungiendo las barbas del rey de las cumbres de mi Extremadura Leonesa, donde resiste una nación de héroes y perdedores.

Por eso enseguida le quite hierro al asunto y le dije al señor que podía pagarme una pensión, y el buen hombre me indico un “hotel young” muy barato donde alojarme. Me dio un tríptico con toda la información. Lo hizo con un gesto constreñido, lo cual no dejaba de sorprenderme. Porque aquel hombre no dejaba de mirarme con mucha lastima. Christi le oí balbucear.

Recapitule un momento cada hora como hago ahora y así llegue a una conclusión. Era la luz del carromato la que no me dejaba ver al hombre que hablaba, aparecía y desaparecía detrás del humo y vapores de los grandes fuegos y sartenes de freír pescado. Aquella tarde en mi errar por las vías y avenidas vi desfilar a una comitiva de hombres ataviados con capas rojas y azules poco apasionados, rígidos y con pelucas postizas, y uno de ellos con el traje de época a la cabeza, parecía portar una especie de cetro con forma de bolo, iban flaqueados por la policía local a caballo, mientras otros Bobbis se encargaban de darles preferencia al tráfico, todo el grupo no pasaría del medio centenar, parecían muy distinguidos. Aquello me sugirió que seria el sinónimo de nuestras procesiones religiosas, ¡Claro! ¡Estamos en semana santa! ¡Eso era!… Y enseguida lo entendí. Aquel hombre no era más que un buen cristiano, lo cual me emociono, porque su intención no era más que la de hacer una buena obra de caridad y de buena gana hubiera aceptado, solo por la salud de su alma. Y la rechace, pero no sin saber de las personas buenas que predican con el ejemplo como es característica del anglicanismo y no ya solo con la palabra o el pensamiento. El hombre actuó de su voluntad. Repitió varias veces la palabra Christi, supongo que estaría al corriente de cualquier parte meteorológico que yo desconociera no lo se, porque lo vi muy preocupado. El caso es que me trajo a la memoria a una persona que habitó en la “ciudad Jardín” una pequeña barriada de Salamanca.

Aquella persona era un pastor anglicano al que periódicamente llevaba pilas de libros de títulos piadosos o contemplativos, el que astutamente regateaba su precio y al que yo no hacia mucha resistencia, ya fuera por la gran cantidad de literatura religiosa que me compraba, o pensando en el esfuerzo que tendría que hacer para leer tal cantidad de libros que nadie lee. Y esto fue precisamente antes de convertirse en Obispo de la iglesia Anglicana de España, me refiero a Carlos Lozano, que por aquellos días dirigía sus sermones a las puertas del rió, con el puente, el verraco y el lazarillo como testigos, de aquel paso de peregrinos o trozo de historia. Me refiero a la bonita iglesia de Santiago, única de estilo Mozárabe de la ciudad del Tormes. A veces fui a sus celebraciones, y comprobaba que era cierto eso que decían de que era una comunidad de creyentes mucho más participativa, que la anticuada, opaca, autoritaria iglesia católica y romana. Me gustaba escuchar y observar. Desde luego se pasaban todo el rato cantando y aunque me parecían simpáticos y divertidos, yo carecía de aquella fe. Ahora Carlos vive en Madrid y como digo es quien dirige esta iglesia anglicana de España y me alegro por el. Le felicito sobre todo por la cantidad de libros que tuvo que leer. Aun guardo alguno pero estos ya no tienen precio.

Di las gracias a aquel cristiano y me aleje.

La calle ahora esta desierta y le da apariencia de amplitud, además de limpia. El airecillo circula fresco como ciudadano invisible y primigenio que encabezando la procesión anuncia una noche helada. Para todos es igual, menos para aquellas chicas que cruzan de un lado a otro por los puentes de la ciudad sin importarles el viento frió de la verdad, que veo recorrer en sus espaldas blancas y desnudas, grandes escotes en trajes de fiesta; tacones que rumorean esa agitación adolescente y decidida, maquillajes, carmines, despliegue de melenas o recogidos, glamour en la ciudad, luego el hundimiento en la oscuridad, las barcazas solitarias y las hiervas de los gatos. Esquizofrénicos felinos de sus bailes amorosos.

Solo veo el tiempo pasar y ya no estoy aquí.

Me acerque como mosca a la luz a un bar llamado “The keys” Todos los bares, tabernas cervecerías y pubs están exquisitamente decorados. Casi todos eran ambientes rústicos, con madera abundante y lámparas como criselefantinas brillantes, estos lugares sin duda están hechos pensando en el descanso, la relajación y la distracción en una entretenida conversación agarrado a un tanke de cerveza rebosante tras la jornada de trabajo del currante que calza un 44 y aun lleva polvo encima de su traje de trabajo; Ropa vieja, guantes y un casco, como si en north yorkshire jamás se hubiera trabajado en negros sótanos, los oscuros pozos de la industrialización. La hora de fichar en las parroquias es tras la pausa a medio día o antes de regresar a casa ya por la tarde.

Por la noche la música es tranquila y nadie baila, aunque permanecen juntos. Hablan por los codos y se produce un murmullo que produce tal confusión cacofónica al mezclarse con la música, que da ganas de beber rápido y salir corriendo.

Estuve allí hasta que dentro de la barra el camarero alto y moreno, comenzó a bambolear exageradamente una campana. Era como el sonido de una vaca Suiza a la que le estuvieran acribillando una nube de tábanos asesinos en la saturación de un prado a mediodía. En realidad era una llamada. El toque de queda. Como la vieja de las ánimas Albercana que nos invitara a tener felices sueños, para que nos guardemos en nuestras casas en plegaria u oración. Allí ya no se sirve más, la gente enseguida empezó a salir, y pronto el local quedo vació. Las gentes se fueron cada uno por su lado, yo recordé la dirección del panfleto.

Fui hacia allí… Camine por calles vacías de adoquín.

Era una puerta pequeña y estrecha como todo buen local de jazz, y había que bajar unas escaleras. Apenas había gente, unas cinco o seis personas a un lado del bar, el resto vació. Y en el hueco casi de la escalera había una pequeña barra donde el camarero se afanaba ágil en su soledad, en un ejercicio inútil el de hacer siempre lo mismo, repasando una y otra vez la barra de madera que brillaba como un anuncio de televisión, siempre levantando el mismo cenicero, enrollando y desenrollando el trapo del mismo modo. La música sonaba suave y la luz era ambiental. Pedí una cerveza. El camarero me dijo que cual quería si lager u otra y a mi me dio igual, pedí cualquiera, repitiendo sus mismas palabras y listo. Aquello estaba muerto, pero era cómodo para pasar el rato haciendo una mínima consumación, e incluso barato para protegerse del frió que se estaba levantando. Agache la cabeza hacia el gran vaso de cerveza que tenia tres dedos de espuma y me hundí en mis pensamientos mientras observaba como la espuma iba desapareciendo haciendo pop, pop, cada burbuja. Al otro lado estaba el único grupo de amigos que había en el bar, jugaban al billar y de vez en cuando miraba hacia allí atraído por el sonido de las carambolas. La verdad se les veía muy entretenidos; una mujer me penetro con una mirada que me fulminó, el camarero seguía con su absurdo ritual, lo que me apeno bastante. Este bar era muy cómodo y a mi me estaban entrando ganas de dormir. Volví a mirar al lado del billar y de repente ¡Zas! Esta vez la mujer se alzo su vestido enseñando unas hermosas y largas nalgas apretadas en unas finas bragas negras, que dibujaron redondeces de cuadrado mágico, proporciones precisas y sugerentes formas que hubieran inspirado a botero. La mujer reía de oreja a oreja y yo volví a hundir la vista en la rubia de al lado, la cerveza que estaba acabando.

Mi poca energía contrastaba con la actividad del camarero, le pedí otra y me quede dormido como pez en un mar de dudas, con la vista en un pequeño cuadro de esmalte, donde unos galgos perseguían a un ciervo. Hasta que apareció borroso un enorme rostro en frente que hizo desaparecer la campiña del cuadro y me despertó, era la mujer del vestido. Tenía su hermoso rostro delante de mi, con preciosos labios de los que silbaba palabras que se suspendían en el aire como música encantadora, una nariz inteligente y graciosa, sus pómulos remarcados y encima enormes ojos verdes, contrastando con largas pestañas, lucia media melena de un cabello fino, rubio nº 7. ¡Dios! ¡Que mujer más guapa!

Estiro su mano y un simple anillo de matrimonio brillo engarzado en uno de sus alargados dedos que terminaban en femeninas uñas pintadas, pero a mi me pareció una virgen vestal sagrada de tez de terciopelo y que en sus venas corrían ríos azules que en profundos cañones se precipitaban en cascadas de amor y vida, llenando océanos donde pequeñas embarcaciones como cáscaras de nuez desplegaban sus velas.

Comenzó hablarme y mis sentidos se agudizaron para intentar comprender algo, tenia puesta toda mi atención en sus transparentes labios, en las fisuras de sus ojos verdes, en el balanceo de unos picaros caracoles rubios que salían de su cabeza de frente ancha, y en su respingona nariz que competía en gracia con su sonrisa, en verdad estaba tan atento que ni un solo momento me entretuve en su escote, donde Venus guardaba un busto perfecto, cualidades anatómicas de mujer cañón, en la flor de la vida. Hablaba muy suave, que hacia que le rodeara un encanto misterioso que la hacia muy sensual y seductora, desprendía un calor que impulsaba a querer abrazarla de inmediato. Ella hablaba y saco una cartera, me pedía disculpas, por lo de antes, explicando que era mayor, supongo que quería decir mayor para mi y de la cartera saco una fotografía de un hijo de unos doce años. Volvió a excusarse diciendo que no podía ir conmigo. Yo estuve un rato callado. El camarero se movía como un leopardo en una jaula encerrado que llego a incomodarme, la mujer se quedo detenida como una muñeca en el museo de cera y la cerveza se había vuelto a quedar vacía. “Congratulations” termine contestando. La mujer volvió a la vida con una nueva sonrisa de aprobación y se marcho con un movimiento en sus caderas, como el de una gran actriz a ritmo de cha, cha, cha.

Decidí no tomar más cerveza y dejar aquel lugar calentito. Enfile las escaleras, las subí y salí de la protección del club de jazz. Camine sin rumbo. York parece un lugar bastante solitario a esas horas, no hay digamos mucho movimiento, aunque claro yo no era más que un extraño. No anduve demasiado porque enseguida volvió aparecer Roger, ¡Que casualidad! Iba a casa de su amiga, a la que le había hablado de mi. Me dijo que fuera con el, que a su amiga no le importaba que yo fuera y me volvió a repetir eso de que era amiga del mundo.

Le seguí. Y fumamos un cigarro.

Cuando llegamos a casa de su amiga, nos abrió la puerta una mujer joven, pelirroja, de aspecto gaélico, muy celta. Vestía como un hombre con gran desaliño y descuido, si hubiera tenido barba le llegaría por la cintura, sin embargo en sus ojos existía una luz maravillosa y su sonrisa era de una gran dulzura, daba la impresión que era en su interior todo lo contrario que aparentaba en el exterior, es decir… Que era una persona verdaderamente rica.

Nos hizo pasar.

Me dijo que tenía dos niños que ya estaban acostados, apuntando hacia lo alto de la escalera. Así que pidió que no hiciéramos ruido. Luego entramos en el gran comedor, que estaba casi a oscuras, donde sobresalían algunos sofás y muebles destartalaos. Deje la mochila en el suelo gris enmoquetado. Acto seguido nos sentamos todos en el suelo. Yo me apoye en la mochila para mayor comodidad, ella se levanto y apago la poca luz que iluminaba el gran salón. Todo quedo a oscuras. Luego ¡Chas! Un fósforo surgió como una tea de la nada. Encendió unas velas y acerco una botella de un licor en cuya etiqueta se podía leer “spirit” pensé que seria como uno de esos vinos espiritosos, Málaga virgen, Santa teresa ect. Tomamos todos un pequeño vasito y brindamos cada uno en su idioma y reímos juntos los tres. Luego alguien saco un cigarrillo para que le acompañáramos y fumamos y volvimos a beber. La bebida nos animo y Roger contó lo de su amiga nuevamente, ella sonreía tiernamente y su cutis entonces aparecía terso y pecoso. En medio del todo había una cajita de madera. Pregunte que contenía aquella cajita de madera y Roger me dijo que eran unas cartas del Tarot, que su amiga sabia como interpretarlas y que si quería podía hacerlo para mí. Le dije a Roger que adelante, que lo hiciera, que porque no. Entonces ella dijo que así no era correcto, que era yo quien tenía que entregarle las cartas desde mi corazón.

Saque las cartas de la caja de madera me las lleve al pecho y se las entregue.

La mujer de las trenzas comenzó a barajar, luego corto o hizo varios cortes y montones, después fue alzando cartas boca arriba y mientras revelaba la figura oculta, hablaba y hablaba, Claro y eso si que era complicado, ¿Qué decía? Le pedí ayuda a Roger, pero me dijo que eso solo era para mí, que el no debía inmiscuirse. Lo que interpretase era cosa mía. Claro y os gustaría saber que creí oír ya que a veces me parecía entender ingles. Lo que yo interprete fue lo siguiente: Que al regresar a mi me ofrecerían trabajo, y que tendría que trabajar mucho y bla, bla, que luego aparecería una mujer y bla, bla, que por amor tendría que hacer un gran viaje, y bla, bla, del amor y la mujer y vida y bla, bla, que en ese viaje aparecía un guerrero y finalmente la muerte.

Me quede acojonado.

Luego como ya no quedaba finito y era tarde, nos fuimos a dormir, ellos subieron las escaleras y yo me quede en el inmenso salón de moqueta gris, en el suelo estire mi saco y me tumbe mirando a la estufa oxidada de la chimenea. Supongo que en algún momento pegaría ojo, pero como es natural no lo recuerdo a no ser que estuviera soñando.

Mis huesos estaban planos y doloridos.

A la mañana siguiente los dos niños corretearon pronto, saltando por encima de mí. Salieron al patio armaron bastante ruido y luego comenzaron a sacar cosas de un armario, creo que se querían hacer un cola cao. Me levante y enrolle el saco, no tenia nada más que recoger. La madre de los niños bajo enseguida y dio los buenos días. Les ayudo hacerse el desayuno. Luego bajo Roger estirándose, como dando la impresión de haber pasado una buena noche, yo ya tenia mis cosas a la puerta. No me quede a desayunar, ni siquiera entre a refrescarme ni orinar en el lavabo. Me fui de inmediato. Di las gracias y me aleje. La chica aún sonreía con ternura en su desaliñado cuerpo.

La mañana era nubosa, y al salir de york pude leer en un indicativo de la carretera; scarborough 40 millas. Estuve andando hasta que se hizo de noche… Me refugie en una casa en ruinas y encendí una hoguera.

 

Continuará…

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