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On the way scarborough (III)

On the way scarborough (III)

Me quede sentado y pensativo en el banco de la estación, grande y lejana. Di varias cabezadas e iba y venia durante un rato, entre recuerdos fugaces y la vigilia por la falta de sueño.

Supongo que por entonces, ya me habían dejado de importar muchas cosas de mi errante existencia, y si tenía que oír o pensar en algo; debía de ser revolucionario que me sacara de aquellos tediosos días. Que parecían hechos para el sarcasmo y echarse en cara cosas sin sentido, peleas tontas y pataletas absurdas. Que no entendía. Y no es que yo fuera precisamente un santo, simplemente era un santo más.
¡Ya esta! Tenía mil razones para ser feliz y que la vida me fuera yendo bien. Siguiendo; “La buena estrella”. Así que debía de haber motivos suficientes que en mi mente de “Carne trémula” se escaparan o que no podían entrar porque no los comprendiera y así no ver cierta realidad. A lo mejor no quería asumir y me negaba admitir esa realidad. Y era pura brutalidad. El hecho de que sintiera que ya no me quedara un solo amigo, que las cosas habían cambiado ya antes de aquel año del 1.0. Año del cometa Hale-Bopp; Eso era más que evidente. Hacia casi cuatro que había perdido mi mano en aquella explosión, y entonces ya me estaba cerrando en banda. Solo un poco antes solíamos movernos a ritmo de Be-Bop-A-Lula todos juntos, sobre todo antes de que la patria nos llamara, a hacer el gandul y el idiota en cualquier cuartel de la geografía “Espanhola” Una bonita patria de mucha historia, de grandes epopeyas y múltiples vilezas. Año de milicia… ¡joven a la deriva!, pálido e inocente muchacho de veinte años en aquel año en que mis padres se separaron. Recuerdos de cirio gordo, recuerdos de católico incendio. No soy uno más.

En la cerca de Villoría, y su sufrida hermana por ejemplo. Aquel recinto cercado de una tapia gris ocupado supongo por la tremenda iniciativa de Luci, una rubia bajita de muy malas pulgas “La vasca” la llamaban. Trabajadora donde las halla y que era madre de los dos hermanos. Allí construimos un perfecto antro. Lo más parecido a un burdel, para meter mano a aquellas chicas que corrían aterrorizadas subiéndose a un bidón vació de aceite, para escapar trepando por la tapia, mientras incrédulos reíamos repeinando nuestros tupes y agitábamos la podrida bandera del nazismo sureño. Había muchas cosas por las que no sentirse orgulloso. Pero siempre hubiera dicho tócala una vez más “Lu”. Porque aquellos días eran los de nuestra juventud. Jóvenes que habían sido desfribilados para experimentar rock and roll en esencia. Ahora toda aquella polvareda ya empezaba a quedar lejana, muy lejana, como si no quisiera nunca haber pasado, como si la historia no conociera a sus protagonistas, que veo esfumarse detrás de desmedidas y retorcidas carcajadas, mascaras teatrales que interpretan el misterioso juego del tiempo perdido. Tiempo maldito. Aquel del que pierde muere. Camisas del viejo Oeste, espuelas en sus botas, sol brillante y chapas en sus chaquetas de cuero, con algún que otro descosido de clase medio baja. Como si ya hubiéramos ganado toda eternidad. Como si nada importara más que nosotros mismos. Son miradas bajas, las de algunos chacales, como bajas suelen ser sus intenciones, perseguidas de otras miradas distraídas, que con halo de inseguridad vacilan. Ya no habrá más saqueos. Cada cual defenderá lo que su razón dicte. Y es un alivio sentir así esa libertad que acaba de nacer. Como piadosas son nuestras ganas de vivir.

Al levantar la vista mire uno de relojes de la estación, y vi que las manecillas del reloj ya habían hecho mucho recorrido. Me levante enseguida y recogí el desaliñado macuto al que le colgaban algunas prendas; y me dirigí al anden buscando el transporte. No recuerdo bien como era la estación, más que me parecía espaciosa y que había muchos pasillos y que se asemejaba a la del tren, no recuerdo nada sobre sus accesos, ni colores, nada, no puedo decir nada más sobre su arquitectura que el tiempo que pase allí no me pareció haber sufrido, que descanse y que tampoco tengo recuerdos de que fuera difícil encontrar el embarque, y sobre todo que no hubo un jodido segurata resentido, de Policía frustrado, que viniese a tocar los huevos, haciendo que las normas parezcan que sean mucho más estrictas de lo que es normal y humano.
Mi aspecto era ya el de hyde park. Necesitaba algo más que una ducha.

Cuando me senté en el autobús y la gente que viajaba en él comenzó a situarse cada uno en su asiento, me dio mucha vergüenza. Porque era como un peregrino que apestaba a camino. Así que si os pasa alguna vez os aconsejo que tengáis mayor paciencia que yo para subir y que cedáis el paso a cuantos podáis. Tal vez quede un asiento libre retirado y así acortareis esa sensación desagradable.

Luego pase todo el viaje sin mover un solo músculo, para que no se filtrara aquel tufillo montuno, que desprendía mi cuerpo sudado, acostumbrado a ganarse el pan con el sudor de su frente.

Una vez en marcha atravesamos muchas edificaciones antes de salir de la ciudad, algunas eran construcciones de bloques uniformes todos iguales y perfectamente alineados a las afueras, por lo que supuse que serian Ghetos de los años 70, donde imaginé emanar una melodía funk-soul de los sótanos del mundo. Luego viajamos por la utopista. La velocidad era constante. Pasamos por una especie de base militar, donde había un aeródromo y que a mi me pareció era un museo de la aviación militar, porque pude ver algún aparato de la segunda guerra mundial, pintados de ese color gris naval USAF eran bombarderos americanos. A veces las personas que viajan en el NATIONAL EXPRES se levantaban para comprar golosinas o ir al servicio. Como digo yo no me moví un ápice, lo ultimo que quería era causar molestia alguna. Aún así uno de los viajeros, me indico amablemente que podía sacar comida. Le di las gracias y sonreí. Mi cuerpo inmóvil era pegajoso y sentía mi cara más roja que un tomate, lo que me hacia sudar más.

Coincidimos con un tren de alta velocidad que nos adelanto silenciosamente, como levitando por la verde y ondulada campiña inglesa. Un espacio abierto, donde se guarda heno y se ordeñan vacas, de donde salen las montañas de estiércol que abonan Hyde park.

Debí de llegar a York sobre el medio día o la una de la tarde. La hora de comer española del 22 de Marzo. Me acerque a la oficina de turismo buscando información, mapas, planos, y esas cosas. Como no entendía mucho ingles, mis elecciones eran más visuales que dialécticas, así que me decía a mi mismo “Abre los ojos”. Cuando por fin me atrevía a preguntar algo lo decía de la forma más simple y directa que podía, encabezado siempre por un “please” por descontado. Quiero esto o aquello, lugar, dirección, daba las gracias y tan amigos. A veces repetía lo que me decían sin entender y otras terminaba haciendo gestos y señales con las manos, lo cual podía ser ridículo, pero divertido a decir por las risas que le entraban a todos, por supuesto a mi también. Como era bastante tímido prefería no dejarme atrapar por diálogos de los que no entendía absolutamente nada, porque me hacían parecer tonto. Y así me iba dirigiendo, conociendo todo on-line, sin plan previo, ninguna referencia, objetivo alguno, en realidad iba sin rumbo y me dirigía al azar e improvisaba sobre el lugar donde había parado el autobús hacia una hora escasa. Y antes de hacerme la pregunta de… ¿Qué hago aquí? Era hora de averiguar que es lo que se podía comer y donde dormir por unos cinco pound. ¡Nada! Tal vez una cerveza o una pastilla de queso de vaca.

Cuando Salí de la oficina, Iba en silencio y despacio y comencé a subir una cuesta, y al poco donde un indicador señalaba la calle del centro, sin saber bien donde iría a parar, fui en esa dirección. Tampoco tenía prisa. Todo aquello era nuevo. Las calles peatonales estaban llenas de tiendas y bares, con rótulos encima de cada puerta bellamente diseñados, también se reconocían firmas comerciales importantes. Las calles dieron paso a una plaza, supongo que seria la plaza del centro y allí lucia el sol.

Comencé a mirar a ambos lados mientras cruzaba por medio, a un lado había casas. Me pareció tuvieran soportales, las casas como en casi toda la ciudad eran de dos plantas, mientras al otro lado había grandes escalones, donde muchos se sentaban apaciguados por aquella luz tibia de la tarde, y arriba una pared resplandeciente, desde donde  rebotaban unas palabras conocidas que llamaron mi atención.

Al mirar vi que las palabras procedían de un chico alto, melenudo de pelo lacio y castaño, de rasgos muy marcados, tenia los mismos morros que mick jagger, se apoyaba en la pared con una chupa de cuero, una mano en un bolsillo y la otra sujetando un cigarrillo en los labios que le turbaba la vista de unos ojos encendidos y penetrantes. “El mundo es un pañuelo” por fin oí con claridad. ¿Eres de Salamanca? Pregunto apuntando a una bolsa de Nuevas galerías que llevaba en la mano. ¡Si! dije y me quede parado. Mi madre es de Salamanca, vive allí con mi padre en un pueblo que se llama Aldealengua, continuo contando. Yo no sabia que decir, ni siquiera se me ocurrió preguntar por un sitio donde comer bien y barato, un alojamiento, agua potable. Nada me quede callado. El dio un salto y tiro el cigarrillo a un lado y dijo; ¡ven! ¡Te invito a una cerveza! Luego me dijo que se llamaba Roger y le seguí.

Caminamos por unas cuantas manzanas y calles peatonales, York es muy peatonal y nada tiene que ver con el London cosmopolita, dicen que en York vive el arquetipo ingles de pura cepa, y abundan los rubios. York cuenta con una larga historia. A mi me parecían formales y normales, que iban a lo suyo, es decir lucir bien en sus vestimentas de moda y trajes y pasear en bonitos y modernos autos. Lo que toda sociedad de las llamadas modernas aspira.

Cuando llegamos al bar le dije que tenia algo de embutido de Salamanca, con lo que de momento me iba manteniendo, saque y le ofrecí un poco, para acompañar aquella rubia, fresca, brillante y espumosa cerveza. Me hubiera bebido todo un barril. Después que termináramos aquel trago Roger me dijo que donde pensaba pasar la noche. Le dije que lo más seguro en un parque o algo así. El me dijo que tenia una amiga que vivía cerca en una casa con sus hijos y que no le importaría que pasara allí la noche, porque aunque ella tenia algunos problemas era amiga del mundo. Yo le dije que no se preocupara. Y me fui a buscar un lugar tranquilo.

Camine durante un rato, y me acerque al rió principal, que pasaba perfectamente canalizado en sus dos orillas, donde algunas casas se aproximaban al cauce, con forma de almacenes y las barcazas quedaban cerca amarradas a sus muelles con escaleras de acceso a esas embarcaciones planas de transporte, que supuse importante para el comercio en alguna época no muy lejana. Pase algunos puentes y me fui alejando de la ciudad por aquel camino de rivera, donde algunas personas pasan de vez en cuando corriendo o en bicicleta, por aquello que era un paseo, de árboles recién plantados y de bancos de madera recién pintados, siempre indicado con carteles avisando, todo parece estar en perfecto orden y bien dispuesto, incluso los flotadores a cada cierta distancia por si alguien cae al agua. Después encontré un parque con un estanque en el que nadaban algunos patos blancos. Me senté junto a un pequeño árbol y permanecí allí sentado pensando un rato. Allí no había nadie. Nadie con quien hablar, nadie a quien preguntar. Solo yo y los patos, que con sus largos cuellos flotan y se deslizan por el agua como corchos imantados por una atracción vital; La supervivencia. Ahora estaba en un dilema, pues ya sabia que por ley todos los parques del Reino Unido cerraban por la tarde, prohibiendo el paso.

Después de descansar un rato decidí volver a la ciudad, pero no quería llevar todas las cosas, al fin y al cabo a lo mejor tendría que pasar por allí cerca la noche. Bueno ahora lo que necesitaba era sacar un poco de dinero de un cajero y ver que hacer… ¿A donde ir? Mi madre me había dado una tarjeta de crédito, llevaba algo más de una semana dando tumbos y saltos de mata, por el corazón de Albión y aunque no me quedaba ni un puto duro, no la había estrenado todavía. La verdad me costaba gastar aquel dinero. Metí el macuto en lo más espeso del parque y lo termine cubriendo con una red mimética y hojas caídas. Luego Estuve en la catedral y por las murallas, donde escenificaban una invasión vikinga. La catedral de York aunque parezca pequeña a simple vista se trata de un edificio de grandes dimensiones y es muy bonita, no soy un gran entendido en arte pero creo que es un ejemplo clarísimo del gótico ingles. Las catedrales son lugares frescos, apacibles al culto o la meditación y en lo que ninguno esta exento es de misterio, del negocio vaticano o no vaticano, como es el caso de nuestros hermanos ingleses que viven el cristianismo desde su propia iglesia anglicana. La verdad es que allí dentro se respira la majestad de una gran obra y uno se siente bien. Me gusto su acceso libre y que hubiera unas mesas con ruedas que en realidad eran unos grandes espejos móviles para contemplar sin esfuerzo todo el complicadísimo trabajo de sus techos. Sus vidrieras que siendo espectaculares, grandes y ojivales, no logran impresionar tanto al ojo como lo hacen aquellas vidrieras de una de las primigenias góticas europeas, es decir como lo hace a nuestro nervio óptico y este logra emocionar ¿El alma? ¿El espíritu? La de nuestra señora de Santa María de Regla de León.

Continuará...

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